Gay, Marie-Louise. Princesa Pistacho. Buenos Aires: Unaluna, 2009. Ilustraciones de la autora.Pistacho Zapato está convencidísima de que es una princesa. Y se convence aún más cuando, misteriosamente, recibe como regalo de cumpleaños una corona acompañada de una carta anónima en la que se lee “¡Feliz cumpleaños, princesita!”.
Y parece que ser una verdadera princesa, una princesa con coronita, legaliza todos sus caprichos y posibilita que se desamolda de lo que venía siendo: una nena común y corriente. Por eso, a partir de la revelación se niega a comer espinacas, a despertarse temprano para ir a la escuela, a intervenir el juego de los vecinos e, incluso, también se niega a llorar. Se ve que la realeza lleva una vida completamente diferente...
A medida que la historia avanza, Pistacho –convertida en la princesa Pistacho de Papuasia– va modificando también su modo de caminar, su vestimenta, su gestualidad y, por supuesto, la experiencia de relacionarse con los otros. Sus padres se hartan, sus amigos se burlan y su hermana Paulita reclama atención.
Sin embargo, luego de descubrir la verdadera procedencia del regalo de cumpleaños, la visión de Pistacho acerca de la realidad da un giro de 18 grados. Ahora tiene que revertir lo hecho. Sin corona, sin orgullo y sin Papuasia, es hora de enfrentarse cara a cara con Pistacho. Y también con la desaparición de la princesa Paulita...

El desplazamiento es circular. Negro, verde, rojo, rosa, naranja, lila, blanco y otra vez negro. Es un viaje para pasarla mal –peligros + padecimientos + aprendizaje– pero necesario para conseguir un final feliz; un viaje para aprender a valorar lo ajeno, para confirmar que lo todo negro –lo todo propio– es efectivamente algo negativo si se ofrece en esos términos: de forma aislada y absoluta.
Estos colores que habitan islas y forman una estructura meticulosamente delimitada –agua, isla, agua, isla–, sin contaminación ni transferencia, terminan siendo traducidos por el monstruo y el murciélago. La isla negra-negra ahora es la zona que transgrede ese esquema perfecto e inaugura lo impuro. Y, sí, ese es el lugar perfecto para que el pequeño monstruo experimente su arte de flores y colores y también negros en fotografías.
























